Los gritos se oían desde su barca, cuando se acercaba a la orilla. A la orilla de allá, se entiende. Tenía épocas mejores, pero había temporadas (largas, largas temporadas) en las que la desesperación se apoderaba de él, y entonces estaba a un suspiro de mandarlo todo al carajo y bajarse. De una vez por todas. Llevaba demasiado tiempo con esto. Hasta él se estaba cansando, de hecho llevaba cansándose mucho tiempo. Demasiado, según le parecía a veces. Caronte hizo una breve pausa en su trabajo, se secó el sudor de la frente con un pañuelo grimoso (¿y cómo no iba a estar grimoso? ¿cuándo iba a lavarlo?) y volvió a empujar el agua con su remo. Uno pensaría que, con los años, le aligerarían la carga, pero no. Nada más lejos: cada vez eran más y más, un trasiego incesante, pesado y bullicioso, ni un minuto de respiro. Antes (hacía siglos) se paraba a hablar con sus pasajeros mucho más a menudo, se entendía con ellos y se interesaba por el devenir del mundo. Antes todo tenía algún sentido. Ahora, las pocas veces que se animaba a iniciar conversación, a las pocas palabras se sentía perdido, no sabía de qué le estaban hablando, todo le parecía fragmentario e inconexo. Eso si conseguía que le prestaran atención, porque esa era otra: cada vez parecía que la gente era más tonta. Durante siglos había sido al contrario: gente cada vez más refinada, que le narraba avances en el saber que le asombraban y apenas entendía. ¡Cómo avanzaba el mundo! Pero eso parecía haber cambiado, llevaba unos años recogiendo a muchos como embobados. Él solía dejarles un tiempo para acostumbrarse, al fin y al cabo, morirse es un shock, pero es que esta gente estaba tonta perdida. Se pasaban el tiempo mirando unos espejitos negros y cuando Caronte, ya cansado de esperar, carraspeaba para que espabilasen, levantaban sobresaltados la vista y le preguntaban con cara bovina cosas como “Oiga, ¿no hay cobertura aquí?” o “Parece que no va el 4G, pero luego bien que te lo cobran”. La cara de borricos que se les quedaba y su incapacidad para reconocer lo que tenían a su alrededor hacían pensar a Caronte que alguna plaga de idiocia se había desatado en el mundo. Y ese no era el único signo. Había otros que eran casi peores. Cuando entendían dónde estaban y quién era él, se quedaban como incrédulos y negando con la cabeza. Muchos le habían llegado a decir que no podía ser, que ellos no creían en estas cosas y que eso de un barquero que transporta a los muertos al otro mundo era una superstición atrasada. ¡Habrase visto, decirle eso a la cara! Al final había optado por un método de probada eficacia con esa gente: les sacudía con el remo en la jeta y les gritaba “¡Pues a ver si crees en esto!”. Después del remazo, iban como la seda. En definitiva, todas estas cosas pesaban cada vez más a las espaldas de Caronte, como si no bastara el esfuerzo de remar. El pacto que tenía con Hades incluía una cláusula (que para eso se había dejado el dinero en un notario): en el momento en el que él decidiese, podría darle su remo a alguien de su elección, y esta persona tomaría su lugar. Eso sí: tras otorgar su puesto, solo podría apearse de la barca en una orilla del rio Estigia, aquella que daba al tártaro, donde las almas atormentadas gritaban. Ese era el precio a pagar por dejar atrás su pesada carga. Lo cierto era que temía ir al infierno. ¡Como para no temerlo! Los gritos que se oían al acercarse helaban la sangre a cualquiera, incluso después de siglos de escucharlos. Y sin embargo, cada vez tenía menos claro cuál era el verdadero infierno: ese lugar del que provenían los gritos o el trajín incesante en el que estaba inmerso, sin un minuto de descanso y sin ser capaz de intercambiar dos palabras coherentes con nadie. En esto pensaba Caronte (apenas pensaba en otra cosa, este es el tema que le obsesionaba desde hacía incontables décadas, cuando empezó a perder el hilo del por dónde iba el mundo) mientras conducía su barca, maravillosamente vacía, liviana y silenciosa, hasta la orilla que bullía de almas esperando a ser transportadas. El viaje de vuelta, que antaño se le hacía más pesado por no tener con quién conversar, era ahora el que esperaba con más ganas, si es que se le podían llamar ganas a eso. Ya adivinaba los rostros de los que serían sus próximos pasajeros… era terrible, cada año había más y más. Allá en el mundo debían de estar devorándose los unos a los otros, no podía haber tantísimas personas. En seguida detectó a uno que le iba a dar problemas. Otra cosa no, pero después de tantos siglos conociendo, aunque fuera brevemente, a cada una de las personas que habían nacido, algo de intuición psicológica tenía. Y a este se le veía a la legua. Antes de que la barca chocara con la madera del embarcadero, el sujeto ya se había abierto paso entre todos los demás hasta la primera fila. Y eso no era nada fácil: esta orilla estaba repleta de almas desesperadas por cruzar al otro mundo, cansados de esperar. “Ya era hora de que apareciera alguien, la organización aquí es un desastre”, le dijo, sin saludar siquiera, aquel tipo. Asco de gente… “Verá, he de cruzar cuanto antes, déjeme subir”. Pensó un segundo y continuó, “y prefiero ir solo, que esto está muy bullicioso. No se preocupe, que tengo con qué pagarle, le compensará el viaje”. Al decir esto, se sacó un rectángulo de colores de un bolsillo, y se lo presentó a Caronte como si fuese la más suculenta de las ofrendas. Este le respondió secamente, “Solo acepto monedas”. No era cierto del todo, en algún momento hacía mucho tiempo Hades le había obligado a aceptar a todo aquel que le ofreciera unos papeles, que por lo visto ahora tenían tanto valor como las monedas, o más. Pero tampoco le apetecía ponérselo fácil a aquel engreído. “¿No aceptan tarjeta? Yo alucino… en fin, tome, ¿tiene cambio de cincuenta?” “No se da cambio”, contestó Caronte, de nuevo con tosquedad. A ver si el otro se daba por aludido y se dejaba de chorradas. “Pues vaya, menuda… no resulta usted de mucha ayuda para dedicarse al trato con el público, la verdad. Ande, tome el billete y con lo que sobre pago por ir solo en la barca. ¡Venga, déjeme pasar!” Caronte apretó los dientes y se echó a un lado. Le había pagado, y no podía dejar de cumplir su deber. Ahora bien, no se iba a ir de rositas. Extendió los brazos y empezó a hacer pasar a las almas más cercanas, cuanto más andrajosas mejor. Al fin y al cabo, le habían pagado suficiente para llenar la barca. Las reglas son las reglas. “Pero oiga, ¿qué demonios hace? Hemos llegado a un acuerdo, ¡inútil! ¡Saque a esta gente de aquí ahora mismo!”, saltó el tipo, pegándose al borde de la barca para no tocar a los demás. “La barca ha de ir llena”, le cortó Caronte, con un deje de sorna. “Usted… no sabe con quién está hablando. Le aseguro que cuando lleguemos a la otra orilla, hablaré con su superior. Mi padre es Ernesto Robreguero, y debe de estar esperándome allí con algún cargo de importancia. Si piensa que su insolencia va a pasar sin castigo, se va a llevar una buena sorpresa”. Dicho esto, el energúmeno se hizo un hueco apartando a otra alma y se sentó con los brazos cruzados, mirando hacia la otra orilla. Caronte, que había escuchado su discursito con el remo vibrando de ganas de chocar contra su cara, se relajó cuando vio que se iba a callar el resto del viaje. Los tipos engreídos, que se creían que sus títulos, posesiones y riquezas terrenales les convertían en alguien, siempre le habían puesto de los nervios. Había tenido reyes mucho más poderosos que aquel papanatas que habían sabido mostrar más humildad y comprensión de su situación. En fin, ya casi habían llegado a la otra orilla. Aunque Caronte no conseguía distinguir nada en tierra, ya que se había desatado una densa neblina, conocía el camino de sobra. En unos pocos minutos más la barca encalló, y Caronte se bajó, dispuesto a dar paso a las almas que llevaba. Cuál no fue su sorpresa cuando de la niebla surgió una mano que se posó en su hombro, y delante suya tenía a Hades, señor del inframundo. Caronte no daba crédito. Estos encuentros se producían en circunstancias excepcionales, algo muy importante debía estar sucediendo. “¡Caronte, viejo amigo!”, le soltó Hades mientras le daba palmaditas en la espalda. “¿Cómo te trata la vida?” “Bien sabes tú cómo me trata la vida…”, farfulló Caronte entre dientes. De la bruma surgió otra figura, a instancias de Hades. “Mira, te presento a Ernesto Robreguero, que ha venido hoy a recoger a su hijo. Es un promotor muy importante, ¿sabes?” Caronte se quedó paralizado al oír el nombre de aquel señor y la explicación de Hades. No sabía qué era más poderoso en él, si el miedo a un castigo de Hades por haber menospreciado al hijo imbécil de aquel promotor o el absoluto asombro de que un mero mortal estuviera haciendo negocios con el señor del más allá. “Pero… ¿desde cuándo un humano es alguien importante aquí?”, acertó a decir Caronte. Hades le miró nervioso, y fingió una risa. “Pero hombre, ¡qué preguntas! Don Ernesto tiene algunas ideas muy interesantes para nosotros, y unos sistemas de gestión que… ¡ya verás, ya! Lo único que pedía a cambio era instalarse en una buena parcela de mis reinos y que su hijo estuviera con él, ¿no es razonable?” Caronte dirigió la mirada hacia su barca, donde a través de las almas andrajosas aterradas podía ver la sonrisa de desprecio que le dedicaba el hijo del tal Ernesto, ahora que veía clara su victoria. “¡Ahí estás!”, exclamó el promotor al ver a su hijo. Este se abrió paso entre las almas y bajó de la barca. Caronte salió de su estupor y se encaró con Hades. “¿Pero es que nos hemos vuelto tontos o qué? ¡Eres un dios! ¿Desde cuándo necesitas métodos de gestión? Esto lleva milenios funcionando bien sin necesidad de hacer chorradas, ¿es que no ves que te están liando? ¡Mírales, si son unas hienas!” Hades miró disculpándose a los dos humanos, y se llevó a Caronte a un aparte. “¡Insensato! ¿Sabes lo que nos puede costar tu insolencia? ¡Un trato de millones! No dudes que sufrirás un castigo”, le espetó Hades con los ojos en llamas. “¿Millones? ¿Pero para qué diablos necesita Hades el dinero? ¡Esto es absurdo!”, contestó Caronte. “Son unos métodos de gestión muy modernos, muy ventajosos, no lo entenderías. Y ahora vuelve a tu lugar. Sufrirás por esto, no lo dudes”. Con esto, Hades se dio la vuelta, todo sonrisas y sin fuego en los ojos ni nada, y se empezó a alejar andando con Ernesto, enfrascados en conversación. El hijo se quedó un poco más de tiempo, mirando a Caronte, saboreando su victoria y esperando quizá la humillación de una disculpa. Caronte se acercó a él y le dijo sin mirarle a la cara: “Verá, entiendo que he sido injusto con usted, señor Robreguero… quisiera pedirle disculpas y ofrecerle algo por las molestias causadas”. Caronte extendió su remo ante sí. “Si me permite un momento, le buscaré lo que…” Mientras el hijo del promotor cogía de manera automática el remo, Hades se daba la vuelta para ver por qué no les seguía, y cuando vio lo que pasaba echó a correr hacia ellos. “Ahí lo tienes”, siguió Caronte, cuando el otro hubo cogido el remo. “Un trabajito estable para toda la vida. ¡Que lo disfrutes, majo!”. Dicho esto, empezó a reír y a caminar hacia el tártaro. Hades llegó en ese momento y empezó a gritarle. “¿Pero qué has hecho, desgraciado?” ¡Ese era el hijo de Robreguero! ¡Maldición!” Caronte giró la cabeza por un momento y contestó: “¿Y qué vas a hacer, condenarme al infierno?”. Con esto y una sonrisa continuó andando, hasta que los gritos de los condenados taparon los insultos de Hades a sus espaldas.